Dicen que viajando se fortalece el corazón, pues andar nuevos caminos hace olvidar lo anterior…

 Lito Nebbia 

 

Con la llegada del invierno me apetecía hacer un nuevo viaje. Sí, me he vuelto una aficionada a esto de viajar (cuando se puede, claro). Además, el invierno es una de esas estaciones que te regala paisajes maravillosos. Únicos.
Así que no me lo pensé dos veces y les propuse a mis amigos de visitar un pueblecito que llevaba rondando por mi cabeza desde hacía tiempo. Se trata de Albarracín. Un lugar que parece sacado de la mismísima época medieval: con calles estrechas, casas de color rojizo, muy peculiares, y arropadas por un imponente cinto de murallas que terminan derivándote a la Torre del Andador, con unas vistas impresionantes.
Bueno, de primeras no les terminó de convencer la idea, por lo que se barajó la opción de Sierra Nevada. Pero claro, como somos unas “lodejotodoparaúltimahora” pues no encontramos ni un puñetero hueco. Vamos, ni en el peor de los peores hoteles, ¿sabes? TODO reservado. Si, como si se fuera a acabar el mundo.
Entonces se me ocurrió la idea de volver a la primera opción, pero añadiendo unos cuantos pueblecitos más con una parada obligatoria en la estación de esquí de Valdelinares.
Entonces, ¿sabéis lo que dura un relámpago? Pues eso fue nuestro viaje. Un suspiro. Una escapada repentina, sin pensar. A tan solo un día de Nochevieja. ¡Menudo panorama! Saldríamos sábado a la madrugada y regresaríamos el domingo, justo a tiempo para cenar con nuestros familiares. Una completa locura. (Pero es que cuando las cabezas no rigen bien, no le pidas milagros a Lourdes).

Bien. Sábado, 30 de diciembre. Las 6:30 de la madrugada. Mis dos manos, temblorosas, al volante. No había marcha atrás. Nuestro viaje daba comienzo. Yo estaba cagada, más que nada porque nunca había salido más allá de Alicante. Para mí era todo un reto.
Después de hacer un par de paradas (había que alimentar al monstruo que llevamos dentro) llegamos al fin a nuestro primer destino: Cantavieja.
Yo me pensaba que habría alguna vieja cantando bajo la estatua más significativa del pueblo, pero no. Me equivoqué.
He de señalar que para ir a este pueblo es una locura de carretera. Si tienes pánico a esos horribles precipicios, olvídate. A mi casi me da algo, eh.  Bueno, aunque a mis amigos creo que más, por el tema de que conducía yo.
Pero el pueblo es precioso. Merece la pena. Sus casas de estructura medieval, su plaza de Cristo Rey, la iglesia de la Asunción, etc.
Es una parada obligatoria.

Tras estar un buen tiempo allí, decidimos bajar a la estación de esquí de Valdelinares, puesto que nos quedaba bastante cerca. Pero no antes sin comprarnos mi amiga y yo una deliciosa empanada de pisto para comer. En nuestros monederos seguían apareciendo pelusas del oeste, así que teníamos que ir a lo económico.
Bueno, pues cuando llegamos a la maravillosa estación de esquí, nuestras sonrisas se desvanecieron por completo al enterarnos de que no había material de alquiler. ¡Menudo fracaso! Pero lo mejor de todo es que incluso el trineo, que a mí me recordaba al recogedor de mi casa, ¡valía 30 euros! Vamos, un bolso en Zara. Así que nos dimos media vuelta. Mi otra amiga se marchó con su novio a comer al bar que había en el interior, mientras que las dos solteronas nos dirigimos al coche para comernos nuestra deliciosa empanada de… sabor…  no puedo explicar el maravilloso sabor a rancio debido al tomate en mal estado. ¡Qué asco, por Dios! Lo divertido es que la tiramos bajo el coche para que la pareja no se diera cuenta de que habíamos comido peor que un perro callejero, pero, las malditas ráfagas de viento la hacían aparecer de nuevo en el exterior, a vista de todos. Así que optamos por ir a por ellos a la puerta. Amanda y Vicente, si estáis leyendo esto, sentimos no haberlo contado. Nos daba mucha vergüenza.

Agotados de tanto conducir, decidimos parar en Teruel. Nos quedaríamos allí el resto de la tarde. Teruel es una ciudad muy bonita. Me encantaron sus enormes puentes, la plaza del Torico, iluminada con el espíritu de la Navidad, todas sus construcciones mudéjares y la trágica historia de amor de Diego e Isabel, que os recomiendo ir a ver en el mausoleo de los amantes por tan solo 4 euros.
Nos quedamos con las ganas de visitar muchas más cosas, como la Torre de San Pedro, la catedral, la iglesia de La Merced, etc, pero se nos hizo algo tarde.

Cenamos en el restaurante Torico Gourmet, en la calle Joaquín Costa, con un menú de 12 euros (la comida estaba estupenda, la verdad) y después nos encaminamos a nuestro hotel, Casa Emilio, en Torre Baja, por carreteras estrechas rodeadas por un bosque que nos puso la piel de gallina. (Aunque, lo que más nos impactó, fue una vieja casona a la entrada de Libros que nos recordó a ese tipo de casas horripilantes que salen en las películas de terror, como La Matanza de Texas. Dios, que miedo pasé, os lo juro).
Casa Emilio me pareció un hotel muy acogedor, limpio, con empleados atentos y muy agradables. Tuve un problemilla con el colchón y enseguida me lo cambiaron. No te ponen pegas. Además, económico. Nosotros cogimos un apartamento y nos salió la noche por 23 euros (cada uno).

A la mañana siguiente, bien temprano, fuimos a ver Albarracín, pasando de nuevo por Libros y por la casa siniestra (nos quedamos con las ganas de sacar una foto, qué rabia).
Al cabo de una hora y pico llegamos a nuestro destino, el cual colmaría nuestra aventura.
Como he dicho anteriormente, Albarracín es una pasada. Es un pueblo que recomiendo ver porque os va a encantar. Son de esos lugares que además les coges cariño porque tienen algo especial.

Concluyo el post afirmando que, a veces, los viajes sin pensar, esas escapadas repentinas y desconocidas con cierta chispa de locura, son los mejores. Para mi desde luego fue una experiencia grata, que sin duda volvería a repetir.
Agradezco a mis amigos su compañía y espero poder seguir descubriendo con ellos rincones maravillosos como los que hemos visto en esta pequeña aventura.

¡Un besote enorme y feliz lunes!

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