¡Amarás Mallorca!

¡Amarás Mallorca!

Noviembre. Dulce e inestable noviembre.
Debo de disculparme ante semejante retraso. Este post estaba previsto publicarse a finales de septiembre, pero entre unas cosas y otras, no he tenido tiempo de encontrar un hueco para poder sentarme frente al ordenador.

El tiempo transcurre a un ritmo vertiginoso. Parece que fue ayer cuando me encontraba escribiendo el post sobre mi experiencia en Ibiza. Ahora, vuelvo a recrear la escena pero con Palma de Mallorca.
Y es que ya son dos años los que llevo eligiendo septiembre como mi estación favorita para mis vacaciones de verano. ¿Por qué? Pues porque todo resulta más económico para mi bolsillo y no hay esa aglomeración de turistas tan asfixiante.

En un principio me había decantado por la costa de Portugal (Algarve). Me habían dicho que era preciosa y que los acantilados junto a sus playas de aguas turquesas eran dignos de ver. Sin embargo, tenía muy claro que este año quería descansar. Y cuando digo descansar me refiero a no hacer nada prácticamente. Un TODO incluido, vamos. Y si existe la posibilidad de que un negro cachas me abanique mientras me tomo un buen Martini tumbada en una hamaca frente a la piscina… ¡MEJOR! 😛
Claro, esto con Algarve no era posible. Los hoteles eran mucho más caros y si mirábamos un apartamento pues… nadie se libraría de cocinar y limpiar.
Así que mi amiga y yo optamos finalmente por Palma de Mallorca.

El hotel que escogimos fue el BH Mallorca, ubicado en una zona no demasiado apetecible por los turistas españoles. Hablo de Magaluf. O, mejor dicho, la colonia inglesa.
Pero lo cierto es que, a pesar de tener tan mala fama, nosotras no estuvimos tan mal. Incluso descubrimos un pub de copas completamente español (si, el único en toda la zona, no encontraréis más) llamado Mano’s.
La música genial, actual y la entrada totalmente gratuita. Así que si no quieres gastarte una pasta en discotecas, este local puede ser tu salvación. Y os aseguro que se llena.
Regresando al hotel… comentaré lo que más me gustó y los puntos más débiles que, bajo mi punto de vista, deberían mejorar:

  • Comidas poco innovadoras. Siempre solían hacer lo mismo. Y todo frito. Para las personas que queremos comer decentemente pues… no había mucho qué elegir. Entiendo que sus mejores turistas sean ingleses y que quieran ofrecerles un buen servicio, pero joder, que también hay españoles. ¿Por qué no un poco de nuestra comida tradicional, eh? Una tortillita de patatas, ensaladilla rusa, un buen gazpacho andaluz o nuestra querida paella 😛

 

  • Demasiado escándalo. ¡No se puede dormir! Me parece bien que sea un hotel dedicado a gente joven… pero vamos a ver, hasta cierto punto. Si es verdad que cualquier follón lo resolvían los de seguridad, pero hasta que querían llegar… una ya había perdido el sueño.

 

  • Las putas planchas de la ropa. Perdonad mi mala lengua. Pero es que cada vez que lo pienso me irrito. Comprendo que todos tenemos que plancharnos la ropa porque la sacamos de la maleta más arrugada que una pasa, pero señores… ¡NO OS QUEDÉIS LA PLANCHA TODA VUESTRA ESTANCIA! ¡¿LOS DEMÁS QUÉ?! Creo que deberían ofrecer el servicio únicamente por día o por un máximo de horas y devolverse a recepción. No es justo que los demás no podamos planchar nuestras prendas.

 

  • Si es un TODO incluido, que sea un TODO incluido. Lo ofrecen como tal, pero luego te encuentras que las bebidas de mayor calidad tienen su precio. Pues me parece fatal. Si ofreces una estancia a gastos pagados, que sea así, joder. Así que si queréis un buen mojito os tocará pagarlo.

 

  • Pero no todo son pegas. La habitación me gustó mucho. Es bastante grande, con un diseño moderno, juvenil, una sala de estar y una amplia terraza con unas vistas excelentes a la piscina. Estuve muy cómoda.

  • También lo bueno que tiene este hotel es que es para gente joven… por lo tanto siempre hay un buen ambiente, con buena música, toboganes gigantes para pasarlo pipa e incluso conciertos con DJ’s reconocidos. Digamos que es un hotel para gente que quiere pegarse una gran fiesta con los amigos y conocer gente nueva.

Si quedé encantada con las maravillas de Ibiza, Palma de Mallorca no se queda atrás. Es un destino que tiene muchísimo encanto, con rincones mágicos que serán capaces de dejarte sin aliento, como una de las calas que os enseño más adelante.
Como bien dije en Ibiza… si no tenéis coche de alquiler poco hacéis. El mismo punto lo repito aquí. Las calas están a tomar por saco, algunas incluso tenéis que caminar cerca de una hora. Así que si queréis exprimir la isla al máximo, os recomiendo Rentalcars.com. Bastante económico y sin deposito ni congelaciones de tarjeta. Que eso es importante.

Calas vimos muchas, pero me quedo con estas tres:

CALA FALCÓ

Una cala que, aunque sus aguas no son las más turquesas, es muy pequeñita y muy tranquila, rodeada de arboles que te permiten además disfrutar de la naturaleza. Tiene un excelente acceso. Eso sí, con unas escaleras interminables para bajar hasta ella. Así que no vayáis muy cargados u os caerá la gota gorda.

CALA VARQUES

Una cala preciosa. Los más de 40 minutos caminando a pie merecieron la pena. Tiene el acceso restringido, por lo tanto, hay un buen tramo a pie, pero como os digo, merece la pena porque sus aguas son increíbles. También es pequeñita y muy tranquila.

CALA CALÓ DES MORO

Simplemente idílica. Una maravilla. Sin duda alguna es mi cala preferida. Es que parece sacada de una estampa de alguna isla tropical. También es de difícil acceso, pero merece muchísimo la pena. ¿A quién no le gustaría darse un baño en esas aguas tan cristalinas y con ese azul verdoso tan bonito? Tenéis que ir si o sí.

En definitiva, Palma de Mallorca es un destino que me ha gustado muchísimo y al que volveré para continuar con mi exploración de rincones secretos y algunos pueblecitos que me dejé en el tintero. Un destino que, al igual que Ibiza, lo tiene TODO. Diversión, relajación e incluso buena gastronomía. ¡No podéis marcharos de la isla sin probar las famosísimas empanadas!

Un viaje que si se hace de la mano de una buena compañía como puede ser una gran amiga…  se convierte fácilmente en un viaje de diez. Han sido unas buenas vacaciones y siempre tendré un huequecito en mi corazón para Mallorca y para todos esos momentos que me regaló.

Buen día!

 

La pintoresca Portugal: Oporto y Lisboa

La pintoresca Portugal: Oporto y Lisboa

Ñão importa as dificuldades que aparecem no caminho, eu quero caminhar para sempre do seu lado

 Luciano F. Ramos 

Portugal nunca había sido un destino que me llamara demasiado la atención. Me hubiera gustado visitar antes Paris, Roma o Amsterdam. Sin embargo, en los últimos meses y debido a una creciente ola de críticas positivas acerca de Oporto y Lisboa, empecé a saborear cierta curiosidad. Como sabéis, siempre que dispongo de vacaciones me gusta hacer alguna escapada. Así que cuando mi amiga Amanda me propuso hacer un viaje juntas, no me lo pensé dos veces.
Después de barajar varios destinos en los que, sinceramente, me frenaba muchísimo el avión (si, es uno de mis insufribles miedos que intento superar), nos decantamos por Portugal.
He de decir que, tras visitar varias agencias de nuestra zona, finalmente decidimos optar por organizarlo todo mediante Booking, puesto que la diferencia de dinero era bastante considerable. Así que si tenéis en mente hacer algún viaje, mi consejo es que también lo miréis por vuestra cuenta. Todo lo que sea ahorrar es bienvenido, ¿no creéis?

Nuestro medio de transporte para viajar a Portugal fue el tren (debido a mi aerofobia, como os comentaba). Por una parte me gustó la sensación de viajar con todo lo necesario. En el sentido de poder llevar en la maleta todo mi maquillaje, todo mi set de baño (champú, acondicionador, mascarilla) sin tener que estar introduciéndolos en tarritos de 100ml. O, por ejemplo, llevar toda la ropa que quieras sin tener la necesidad de facturar.
Nosotras hicimos noche en el tren, en una habitación compartida con otras dos chicas (de esta forma salía mucho más económico el billete).  ¿Mi consejo? Qué si no tenéis miedo a volar, ni se os ocurra coger un tren. No se va mal, porque la verdad es que la cama era cómoda e incluso tienes enchufes para cargar el móvil, ordenador o iPad, pero son demasiadas horas y llegas al destino algo casada.

Llegamos a la Estación de Oriente (Lisboa) a eso de las 7:20 de la mañana, con los nervios a flor de piel. Cogimos nuestras maletas y nos dirigimos al interior de la estación. Necesitábamos comer algo.

La comunicación decir que bastante bien. No hablan español, eso está claro, pero sí suelen entender algo. O, en caso de que no te entiendan, no pasa nada, siempre puedes agarrarte al inglés, idioma universal 😉
Tras alimentar al cuerpo, cogimos un último tren que nos llevaría a Oporto, donde estaríamos dos días.
El hotel fue todo un acierto, de verdad. Una ubicación excelente, en pleno corazón de la ciudad. Se llama Vera Cruz Downtown. La habitación muy agradable, con una cama amplia y cómoda. Quizás la decoración algo escasa, pero para dormir, sobra.

Lo cierto es que era salir del hotel y encontrarte en la plaza de la libertad, con sus emblemáticos edificios de estilo Art Nouveau. Una maravilla. Me cautivaron. Parecía que estuvieras en otro mundo.

Después de dejar nuestro equipaje en el hotel, fuimos a comer a un restaurante que nos recomendó la recepcionista. Una chica muy maja que sabía algo de español. No está lejos del hotel. Se llama Conga y se encuentra ubicado en la Rua Do Bonjardim 314. Se come de maravilla. Todo nos costó sobre unos 8 euros (a cada una), con la bebida incluida. Y es que no puedes ni terminarte el plato, os lo juro. Dejo una foto que lo confirme:

Esto es un entrante típico de allí, es como una hamburguesa. Se llama Bifana Empaõ

Bueno, ese primer día, como estábamos agotadas, no hicimos gran cosa. Dimos una vuelta por el centro, visitando la preciosa iglesia de la Trinidad, la iglesia de las Carmelitas, la enorme estatua ecuestre en bronce del Rey Pedro IV, el ayuntamiento, con una imponente torre de 70 metros de altura, con carillón, muy bonita. Y, por último, la maravillosa estación de tren San Bento. Espectacular. Toda iluminada.

La ciudad tiene un encanto nocturno que consigue enamorarte. Preciosa. Todos los edificios se iluminan, resaltando todavía más su belleza. No hice muchas fotos porque todavía no me aclaro con la cámara cuando es de noche. No me salía el flash. Pero bueno, poco a poco.
Para cenar nos apeteció una hamburguesa del McDonalds, que lo teníamos al lado. Los precios no tienen nada que ver con los de España. Increíble. Todos los menús son más baratos, pero con diferencia. En España un menú Big Mac puede costar cerca de 8 euros, y allí lo tienes por 5. Osea que todos a comer al McDonalds de Portugal 😉

A la mañana siguiente, con las pilas ya cargadas y después de haber llenado la panza, fuimos a ver la Librería Lello. Dicen que la escritora J.K Rowling se inspiró en ella para crear la librería Florish & Blotts, de su exitosa serie de novelas Harry Potter. Y, desde luego, no es para menos, porque la librería es una pasada. Si visitas Oporto es una parada obligatoria.
Aunque me vine algo disgustada por no haber podido sacar una foto en condiciones. ¡Era imposible! Cada rincón estaba atestado de personas sacándose fotos. Qué rabia, de verdad. Entiendo que es un lugar muy turístico, pero joder, es que no podías sacarte ni una foto en la que aparecieras sola.

Después cogimos uno de esos famosos tranvías (nos costó tres euros) y nos adentró en las calles más pintorescas de la ciudad. No podéis marcharos sin montar en uno, os va a encantar.

En este segundo día comimos en un restaurante de perritos calientes. Me llamó mucho la atención su decoración. Además, no eran los típicos perritos calientes de una simple salchicha y ketchup. No. Eran enormes, y con bastante condimento. Riquísimos. Si tenéis la oportunidad de hacer una parada ahí, hacedla. Ya sea para comer o cenar. Se llama Frankie Hot Dogs y está justo al lado del hotel.

Para finalizar el día, fuimos a visitar el famoso puente Don Luis I, donde tienes unas vistas privilegiadas de toda la ciudad. Una pasada. Es ahí donde te das cuenta de la belleza que realmente posee Oporto, con todas sus casitas de colores. Oporto tiene algo mágico, algo que consigue cautivarte desde que pones un pie en su suelo.

No nos fuimos al hotel sin antes ver la catedral de Oporto, con su fachada de estilo barroco, tan bonita e imponente.

Nos quedamos con las ganas de ver la iglesia y torre de los clérigos, pero bueno, está apuntada para la próxima vez. Una ciudad no se ve en dos días. Pero nos quedamos satisfechas de ver al menos lo más importante.
Para cenar fuimos a un restaurante donde nos pedimos unos bocadillos enormes por tan solo 2,60 euros. El de mi amiga no recuerdo de qué era, pero el mío era de tortilla de marisco (gambas, bocas de mar). Me encantó. Pero más su precio, todo hay que decirlo. De este no dispongo foto, me dejé la cámara en el hotel. ¡Perdón!

¡Ah! ¡Se me olvidaba! No podéis marcharos de Oporto sin probar los deliciosos batidos y helados de la heladería Santini, ubicada en la calle  Largo dos Loios 16. Espectaculares.

A la mañana siguiente, nos despertamos con el cielo encapotado. Se avecinaba tormenta. El plan era comer en otro restaurante para probar la famosa Francesinha, pero no nos dio tiempo. Empezó a diluviar y, cuando aminoró, optamos por coger un taxi que nos llevara a la estación. No queríamos que el tiempo empeorara y nos pillara durante el trayecto.
En Lisboa, por resumir un poco, (no quiero que quede un post interminable) nos alojamos en el hotel Hub New Lisbon, que era más bien un albergue. Pero ojo, que tiene unas críticas estupendas. Y la ubicación, al igual que en Oporto, fue perfecta. En pleno centro. Además es un albergue con mucho ambiente, repleto de jóvenes. La habitación muy limpia y acogedora.

El único inconveniente era el aseo, que tenía que ser compartido. Para otra vez no se me ocurrirá coger un albergue por este punto. Y sí, leeré más detenidamente. El desayuno, escaso no, lo siguiente. Tampoco me gustó. Vamos, que lo único agraciado y por lo que merece esas buenas críticas es por la limpieza, la excelente ubicación y el ambiente juvenil.

De nuestra estancia en Lisboa me gustaría resaltar algunos monumentos que fuimos viendo gracias a un guía que contratamos (guapísimo, todo hay que decirlo, me vine enamorada de él. Es que los portugueses están tremendos 😛 Si no ya me lo diréis cuando vayáis).
Además nos hizo buen precio, dos horas, 40 euros (que luego resultó ser más tiempo, ósea que el muchacho se portó bien)
Estas son imágenes de algunos lugares que visitamos:

El parlamento

La basílica da Estrella

Monasterio de los Jerónimos

Torre de Belem

Calle típica de Lisboa

Parque inmenso frente al palacio de Belem, que no recuerdo como se llama

Puente 25 de abril, que es una réplica del famoso puente de San Francisco. Impresionante.

Plaza del comercio

Vistas de toda la ciudad desde un mirador desconocido al que nos llevó el guía para finalizar la ruta.

En cuanto a las comidas y cenas, optamos por ir a bares que se encontraban en la zona, incluso una noche fuimos a un asiático. También el restaurante Vitaminas, en la calle Augusta 275, es muy recomendable. Los platos son enormes. Funciona eligiendo toppings, como en el smooy, vamos. Me pareció super original. Yo no pude terminarme el plato. Y creo que fueron 7 euros, con bebida incluida.

Para el próximo viaje llevaré una libretita conmigo para que no se me escape nada, porque me hubiera gustado recomendaros algún restaurante barato a los que fuimos, pero es que no recuerdo los nombres ni la ubicación. Solo el que os menciono. Perdonadme. Y desde luego de los errores se aprende.
Este post también iba a ser publicado a pocos días de mi llegada, con la mente fresca y todo muy presente, pero cuando trabajas y estudias… pues al final no puedes dedicar todo el tiempo que te gustaría. Pero bueno, como dice el dicho: más vale tarde que nunca, ¿no?

En definitiva, una experiencia inolvidable. Un destino que no tiene nada que envidiar a las ciudades más emblemáticas, porque es preciosa. Lo tenemos cerca, que es otro punto a favor. La gente es amigable, dispuesta a ayudarte en lo que sea necesario y, por si fuera poco, se come de maravilla a un precio asequible. ¿Qué más se puede pedir?

Volveremos Portugal, pero esta vez para ver Sintra y la costa de Algarve 😉

¡Feliz lunes mis amores!

Una escapada improvisada

Una escapada improvisada

Dicen que viajando se fortalece el corazón, pues andar nuevos caminos hace olvidar lo anterior…

 Lito Nebbia 

 

Con la llegada del invierno me apetecía hacer un nuevo viaje. Sí, me he vuelto una aficionada a esto de viajar (cuando se puede, claro). Además, el invierno es una de esas estaciones que te regala paisajes maravillosos. Únicos.
Así que no me lo pensé dos veces y les propuse a mis amigos de visitar un pueblecito que llevaba rondando por mi cabeza desde hacía tiempo. Se trata de Albarracín. Un lugar que parece sacado de la mismísima época medieval: con calles estrechas, casas de color rojizo, muy peculiares, y arropadas por un imponente cinto de murallas que terminan derivándote a la Torre del Andador, con unas vistas impresionantes.
Bueno, de primeras no les terminó de convencer la idea, por lo que se barajó la opción de Sierra Nevada. Pero claro, como somos unas “lodejotodoparaúltimahora” pues no encontramos ni un puñetero hueco. Vamos, ni en el peor de los peores hoteles, ¿sabes? TODO reservado. Si, como si se fuera a acabar el mundo.
Entonces se me ocurrió la idea de volver a la primera opción, pero añadiendo unos cuantos pueblecitos más con una parada obligatoria en la estación de esquí de Valdelinares.
Entonces, ¿sabéis lo que dura un relámpago? Pues eso fue nuestro viaje. Un suspiro. Una escapada repentina, sin pensar. A tan solo un día de Nochevieja. ¡Menudo panorama! Saldríamos sábado a la madrugada y regresaríamos el domingo, justo a tiempo para cenar con nuestros familiares. Una completa locura. (Pero es que cuando las cabezas no rigen bien, no le pidas milagros a Lourdes).

Bien. Sábado, 30 de diciembre. Las 6:30 de la madrugada. Mis dos manos, temblorosas, al volante. No había marcha atrás. Nuestro viaje daba comienzo. Yo estaba cagada, más que nada porque nunca había salido más allá de Alicante. Para mí era todo un reto.
Después de hacer un par de paradas (había que alimentar al monstruo que llevamos dentro) llegamos al fin a nuestro primer destino: Cantavieja.
Yo me pensaba que habría alguna vieja cantando bajo la estatua más significativa del pueblo, pero no. Me equivoqué.
He de señalar que para ir a este pueblo es una locura de carretera. Si tienes pánico a esos horribles precipicios, olvídate. A mi casi me da algo, eh.  Bueno, aunque a mis amigos creo que más, por el tema de que conducía yo.
Pero el pueblo es precioso. Merece la pena. Sus casas de estructura medieval, su plaza de Cristo Rey, la iglesia de la Asunción, etc.
Es una parada obligatoria.

Tras estar un buen tiempo allí, decidimos bajar a la estación de esquí de Valdelinares, puesto que nos quedaba bastante cerca. Pero no antes sin comprarnos mi amiga y yo una deliciosa empanada de pisto para comer. En nuestros monederos seguían apareciendo pelusas del oeste, así que teníamos que ir a lo económico.
Bueno, pues cuando llegamos a la maravillosa estación de esquí, nuestras sonrisas se desvanecieron por completo al enterarnos de que no había material de alquiler. ¡Menudo fracaso! Pero lo mejor de todo es que incluso el trineo, que a mí me recordaba al recogedor de mi casa, ¡valía 30 euros! Vamos, un bolso en Zara. Así que nos dimos media vuelta. Mi otra amiga se marchó con su novio a comer al bar que había en el interior, mientras que las dos solteronas nos dirigimos al coche para comernos nuestra deliciosa empanada de… sabor…  no puedo explicar el maravilloso sabor a rancio debido al tomate en mal estado. ¡Qué asco, por Dios! Lo divertido es que la tiramos bajo el coche para que la pareja no se diera cuenta de que habíamos comido peor que un perro callejero, pero, las malditas ráfagas de viento la hacían aparecer de nuevo en el exterior, a vista de todos. Así que optamos por ir a por ellos a la puerta. Amanda y Vicente, si estáis leyendo esto, sentimos no haberlo contado. Nos daba mucha vergüenza.

Agotados de tanto conducir, decidimos parar en Teruel. Nos quedaríamos allí el resto de la tarde. Teruel es una ciudad muy bonita. Me encantaron sus enormes puentes, la plaza del Torico, iluminada con el espíritu de la Navidad, todas sus construcciones mudéjares y la trágica historia de amor de Diego e Isabel, que os recomiendo ir a ver en el mausoleo de los amantes por tan solo 4 euros.
Nos quedamos con las ganas de visitar muchas más cosas, como la Torre de San Pedro, la catedral, la iglesia de La Merced, etc, pero se nos hizo algo tarde.

Cenamos en el restaurante Torico Gourmet, en la calle Joaquín Costa, con un menú de 12 euros (la comida estaba estupenda, la verdad) y después nos encaminamos a nuestro hotel, Casa Emilio, en Torre Baja, por carreteras estrechas rodeadas por un bosque que nos puso la piel de gallina. (Aunque, lo que más nos impactó, fue una vieja casona a la entrada de Libros que nos recordó a ese tipo de casas horripilantes que salen en las películas de terror, como La Matanza de Texas. Dios, que miedo pasé, os lo juro).
Casa Emilio me pareció un hotel muy acogedor, limpio, con empleados atentos y muy agradables. Tuve un problemilla con el colchón y enseguida me lo cambiaron. No te ponen pegas. Además, económico. Nosotros cogimos un apartamento y nos salió la noche por 23 euros (cada uno).

A la mañana siguiente, bien temprano, fuimos a ver Albarracín, pasando de nuevo por Libros y por la casa siniestra (nos quedamos con las ganas de sacar una foto, qué rabia).
Al cabo de una hora y pico llegamos a nuestro destino, el cual colmaría nuestra aventura.
Como he dicho anteriormente, Albarracín es una pasada. Es un pueblo que recomiendo ver porque os va a encantar. Son de esos lugares que además les coges cariño porque tienen algo especial.

Concluyo el post afirmando que, a veces, los viajes sin pensar, esas escapadas repentinas y desconocidas con cierta chispa de locura, son los mejores. Para mi desde luego fue una experiencia grata, que sin duda volvería a repetir.
Agradezco a mis amigos su compañía y espero poder seguir descubriendo con ellos rincones maravillosos como los que hemos visto en esta pequeña aventura.

¡Un besote enorme y feliz lunes!

Ibiza, ¡qué bella eres!

Ibiza, ¡qué bella eres!

Nuestras maletas maltrechas estaban apiladas en la acera nuevamente; teníamos mucho por recorrer.
Pero no importaba, el camino es la vida.
Jack Kerouac ♥

Dicen que lo importante de un viaje no es el destino, sino la compañía. ¡Y qué gran acierto!
Yo he tenido la oportunidad de vivir una gran experiencia rodeada de mis mejores amigas y he de decir que ha sido algo mágico, algo que siempre recordaré.
Este pasado septiembre tuve mis primeras vacaciones estando en Consum y tenía claro que quería salir, aunque fuera un par de días, del diminuto pueblo en el que vivo. Así que en una de esas tardes de café con bizcochos surgió la idea de organizar una escapada juntas.
En un principio fuimos a la agencia para informarnos sobre las islas griegas. Pero claro, estas malditas islas deben ser para los ricos porque nos salía por un ojo de la cara. Incluso en temporada baja. Entonces pasamos a mirar la isla de Cerdeña (Italia). Nos enamoraron sus playas de aguas cristalinas con ese tono turquesa tan característico de la costa del Caribe. Sin embargo, tuvimos que cambiar de destino porque una de mis amigas tenía un compromiso al que no podía fallar (¡qué rabia!) y se nos quedaba muy pocos días para disfrutar de la isla. Así que la chica de la agencia nos recomendó Ibiza. Bueno, mi cara fue un poema agrío. ¿Ibiza? ¿En serio? No me lo podía creer. Mis amigas estaban encantadas, por supuesto. Luego pensé “bueno, Ibiza también tiene que tener su encanto. No creo que todo sea fiesta”. Por lo que acabé obligándome a aceptarlo…
A un par de semanas de emprender nuestro adorable viaje salió el tema del dinero. ¿Cuánto debíamos llevarnos? Yo aposté por unos 200 euros. Ni un euro más ni un euro menos. Recuerdo que algunos de los chicos se echaron a reír diciéndonos que con 200 euros no tendríamos ni para kleenex. ¡JA! ¡No para una rata de cloaca! Siempre me las ingenio para gastar lo mínimo. Así que me lo tomé como un reto.

El esperado día llegó y los nervios me atenazaron de tal forma que iba temblando durante el trayecto al aeropuerto. He de decir que odio volar. ¡Tengo pánico! Casi todo el mundo me dice: ¡pero si es el transporte más seguro! De acuerdo. No digo lo contrario. ¡Pero sigo teniendo pánico de saber que estoy a 12.000 metros de altura, joder! ¿Nadie lo entiende? No creo que sea tan complicado.
En fin, la cuestión es que lo pasé fatal. Menos mal que tenía a mi lado a una chica que se había fumado un porro y no dejaba de hablarme; cosa que agradecí porque consiguió, por un corto plazo de tiempo, mantener mis oscuros pensamientos a un lado.
Aterrizamos en Ibiza cerca de la una de la madrugada. El tiempo era bastante agradable. A la salida del aeropuerto nos esperaba un furgón con el logotipo de la empresa Record Go, el cual nos condujo hasta nuestro coche de alquiler (si piensas viajar a Ibiza te recomiendo que contrates el servicio de coche de alquiler para poder ver todas esas calas preciosas y exprimir la isla al máximo, de lo contrario, te morirás de asco. Y por cierto, si es a todo riesgo mejor. Es algo más caro, pero es que cualquier percance que tengas con el vehículo te tocará acarrear a ti con todos los gastos. Así que no te la juegues).
Llegamos al hotel, en San Antoni, concretamente a Piscis Park. Las opiniones no es que lo alaben demasiado (en especial por el alboroto nocturno), pero bueno, esa noche pudimos dormir del tirón. Estábamos agotadas.

A la mañana siguiente comenzamos nuestra aventura. Lo primero que hice fue sacar una fotografía de las impresionantes vistas que tenía desde el balcón de mi habitación:

Desayunamos en el hotel (te recomiendo que pilles una media pensión porque no es lo mismo comer y cenar todos los días durante tu estancia, que comer o cenar. Ahí ya te ahorras bastante dinero) y luego fuimos a visitar nuestra primera cala: Cala Salada.
Está bastante apartada y su acceso se hace algo pesado debido a que está rodeada de colinas dominadas por un frondoso bosque de pinos, pero merece la pena verla. ¡Es preciosa!

Después fuimos a ver Cala Bassa, Cala Comte y Cala Llonga, que nos quedaba bastante cerca. Una maravilla. Perfectas para buscar inspiración y deleitarse con fantásticos atardeceres, desde luego.

Esa noche llegamos al hotel exhaustas y con bastante hambre. He de decir que el bufet libre no me gustó nada. Ni esa noche, ni las demás. Había variedad, si, pero casi todo era de freidora. Lo mejor la fruta.

A la mañana siguiente volvimos a nuestras andadas. Esta vez tocaba ver el castillo de Ibiza y el pueblecito de Santa Eulalia. El castillo es pequeñito, tampoco gran cosa, pero tiene unas vistas al puerto impresionantes. El pueblo, en cambio, no tiene tanto encanto. Es un pueblo normal y corriente.
Nos quedamos con las ganas de ver Santa Eulalia (entre unas cosas y otras al final no pudimos visitarlo). Pero bueno, sigue apuntado en mi lista de visitas top de Ibiza.

Los últimos días los dedicamos a la vida nocturna. Pudimos cambiar la cena del hotel por la comida para así poder entrar a los cierres (esto significa el último show del DJ, una despedida hasta el próximo verano) de las discotecas y aprovechar bien la media pensión.
La verdad es que las entradas nos salieron económicas gracias a un relaciones públicas que había a la salida de nuestro hotel. Nos dejó dos cierres por 90 euros.
Bien. Yo tenía claro desde un primer momento que no me iba a gastar 20 o 30 euros en una copa porque con ese dinero soy la Reina en Primark. Claro, mis amigas tenían el mismo pensamiento. Así que lo que hicimos fue ir a una especie de 24 horas que teníamos cerca del hotel para comprar algunas cervezas y combinados de ron. Nos salió todo por muy buen precio.  Además, como teníamos el coche, (otra de sus grandes ventajas es que no dependes de nadie (autobús, por ejemplo) y te puedes marchar cuando quieras) pudimos beber dentro, a puertas de la discoteca.
El primer cierre al que asistimos fue al de HI. Bueno, no estuvo mal. Pero la corona se la llevó, sin duda, Ushuaia, con Martin Garrix. Fue brutal. Además de ser al aire libre, con una decoración exquisita, me pareció una actuación brillante por parte del DJ. La recomiendo al cien por cien. Y con esa maravillosa actuación le dijimos también adiós a nuestra increíble experiencia.

A la mañana siguiente cogíamos el vuelo para Alicante bien temprano, con cierta nostalgia en nuestros corazones. Una aventura preciosa que volvería a repetir sin dudarlo ni un segundo. Ibiza, que la juzgué sin conocerla, se ha convertido en un destino con el que siento que tengo un vínculo especial.
Y es que, en definitiva: es bonita, tiene rincones maravillosos y, además, ocio nocturno para disfrutar con las amigas/os.  ¿Qué más se puede pedir?

¡Besos y hasta pronto!

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